El presidente estadounidense se despachó desde el Despacho Oval contra el gobierno de Sánchez por negar el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones militares. La Comisión Europea le recordó que con España no se negocia por separado: con la UE es todo o nada. El mundo mira. Argentina también debería.
Donald Trump se sentó en el Despacho Oval junto al canciller alemán Friedrich Merz y aprovechó la cámara para ir contra España. Dijo que Madrid es «el único aliado de la OTAN que no acordó llegar al 5% en gasto militar». Dijo que España fue «un socio terrible». Y remató con una amenaza concreta: «Vamos a cortar todo el comercio.»
El motivo: el gobierno de Pedro Sánchez se negó a ceder las bases militares de Rota, en Cádiz, y Morón de la Frontera, en Sevilla, para que Estados Unidos e Israel las usaran en sus operaciones contra Irán. Dos bases que están en territorio español, que son instalaciones conjuntas dentro del marco de la OTAN, y cuyo uso para operaciones ofensivas requiere la autorización de Madrid. Sánchez no la dio. Trump se enojó. Y Europa respondió.
Lo que dijo Bruselas
La Comisión Europea no tardó. El portavoz de Comercio, Olof Gill, salió a aclarar lo que Trump parece no querer entender: cuando se negocia con la UE, se negocia con los 27. No hay modo de castigar a España en forma unilateral sin tocar a Alemania, Francia, Italia y al resto del bloque. «La Comisión siempre garantizará la plena protección de los intereses de la Unión Europea», dijo Gill, y recordó que existe un acuerdo comercial firmado el verano pasado entre Trump y Ursula von der Leyen —con un techo del 15% para los aranceles sobre productos europeos— que Washington está obligado a respetar.
La vicepresidenta de la Comisión, Teresa Ribera, fue todavía más directa: «No es posible lanzar represalias contra España ni ningún otro país. Las negociaciones comerciales corresponden a la Comisión Europea y no es posible hacer una fragmentación de los Estados miembros.» Y le pegó con la metáfora justa: la amenaza contra España «se parece a sus amenazas en tono bravucón sobre Groenlandia.» Frente a eso, dijo, «lo importante es mantenerse firme.»
Lo que dijo España y lo que recuerda la historia
Sánchez resumió la postura de su gobierno en dos palabras: «No a la guerra.» Argumentó que España no va a ser cómplice de algo «malo para el mundo» por miedo a represalias económicas. Y trajo a la memoria la guerra de Irak de 2003, cuando otro presidente español —José María Aznar— dijo que sí a Washington, mandó tropas y la sociedad española nunca se lo perdonó del todo.
La comparación no es caprichosa. En 2003 también hubo presión, también hubo argumentos sobre la solidaridad atlántica, también hubo amenazas veladas. El resultado fue una guerra que dejó cientos de miles de muertos, ninguna arma de destrucción masiva y una crisis de legitimidad internacional de la que Occidente tardó años en recuperarse. Sánchez no quiere repetir ese capítulo. Y una parte importante de Europa tampoco.
Josep Borrell, ex jefe de la diplomacia europea, respaldó a España sin dudar: «Es el reconocimiento de los principios y valores sobre los que se ha construido la UE y la soberanía nacional.» El canciller Merz, más cauto pero igualmente claro desde el mismo Despacho Oval donde Trump lanzó la amenaza, le recordó al presidente estadounidense el límite que parece no querer ver: «Si llegamos a un acuerdo con EE.UU., ahí pertenece también España.»
Lo que queda pendiente y por qué importa acá
Trump dijo además que España puede perder el acceso a las bases «de todos modos», porque él puede sobrevolarlas y usarlas sin permiso. La afirmación fue rechazada por Bruselas como una violación del derecho internacional. El gobierno español, mientras tanto, aclaró que es «un socio comercial fiable para 195 países del mundo, entre ellos EE.UU.» y que si Washington quiere revisar esa relación, la conversación es con la Comisión Europea, no con Madrid a solas.
Para Argentina, el conflicto no es un tema lejano. Si la guerra comercial entre EE.UU. y la UE se profundiza, los efectos llegan en forma de volatilidad en los mercados, cambios en el precio de las materias primas y presión sobre el tipo de cambio. El mundo en 2026 está demasiado interconectado para que una amenaza lanzada desde el Despacho Oval contra España quede circunscripta al Atlántico Norte. Acá también se siente.





