Aguará, el Pastor Belga, y Apolo, el Tigre Dragón, encabezan una comunidad de más de 200 jóvenes que se identifican y expresan como animales. “Sabemos que somos humanos y que estamos regidos por un código penal”, aclaran.
Sus cuerpos son humanos, pero su identidad —explican— es animal. Aguará tiene 15 años, el pelo rosa y una energía difícil de contener. “Tengo dos años y medio”, dice, y enseguida traduce: “En años perro”. Se identifica como un pastor belga malinois y, cuando habla, alterna conceptos teóricos con movimientos que imitan a un can: se estira, se agazapa, observa.
A su lado está Apolo, también adolescente. Se define como “polytherian”: principalmente tigre, pero también dragón. “No lo elijo. Es como mirarme en un espejo”, explica con tono más pausado. “Siempre supe que era un tigre, aunque ni siquiera es mi animal favorito. Y también soy un dragón: siento la necesidad de volar”.
Ambos son referentes de la comunidad therian en Buenos Aires, un movimiento que —según estimaciones internas— reúne a más de 200 jóvenes en el área metropolitana, de los cuales unos 120 integran la Comunidad Xul Solar, colectivo que fundaron y que toma su nombre del artista y astrólogo argentino.
¿Qué es ser therian?
De acuerdo con el International Anthropomorphic Research Project (IARP), la therianthropía es el fenómeno de personas que se identifican como una especie animal no humana. Esa identificación puede manifestarse mediante “shifts”, cambios en el estado mental o sensaciones físicas percibidas.
Apolo enumera términos con naturalidad:
- Theriotype: la especie con la que alguien se identifica.
- Phantom shift: sensación de miembros que no están físicamente, como alas o cola.
- Otherkin: término paraguas que incluye identidades mitológicas, como dragones o elfos.
“Ver a ciertos animales es como vernos en un espejo”, resume Aguará.
Ambos crecieron rodeados de mascotas: Aguará, entre perros; Apolo, entre gatos. Hoy combinan esa identificación con prácticas como el quadrobics (correr o saltar en cuatro patas), el uso de colas y máscaras sintéticas y encuentros grupales en plazas o espacios públicos.
También tienen un emprendimiento propio, Were Crew, donde fabrican y venden máscaras y accesorios para integrantes de la comunidad.
Diferencias con furros y otras subculturas
Aunque suelen ser confundidos, los therians no son lo mismo que los furries. Mientras el furry crea o encarna personajes animales antropomórficos —en una lógica cercana al cosplay—, el therian afirma identificarse internamente como un animal.
“Los therians se sienten identificados con los animales; nosotros no”, explica Vionk, integrante de la comunidad furry en Argentina.
El fenómeno, nacido en foros de Usenet en los años 90, encontró en las redes sociales un canal de expansión. En las últimas semanas, la exposición mediática convirtió a Aguará en figura viral: videos suyos saltando en plazas o interactuando con perros acumulan miles de visualizaciones.
Adolescencia, pertenencia y exposición
Para el psicólogo Damián Supply, especialista en adolescencia y entornos digitales, el fenómeno debe analizarse en contexto: “Más allá de lo pintoresco, son procesos complejos. En la adolescencia, la pertenencia y la ‘manada’ cumplen un rol central. Es importante acompañar sin reducir todo a una pose”.
La exposición trae entusiasmo, pero también tensión. Aguará recibe decenas de mensajes diarios: seguidores, curiosos y detractores. Su madre, Lorena, administra la agenda y procura acompañar el proceso con cautela. “La escucho, la acompaño y me aseguro de que esté bien. Todo esto es muy intenso”, cuenta.
Ambos adolescentes remarcan un punto con insistencia: “Sabemos que somos humanos, que vivimos en sociedad y que estamos regidos por un código penal”. Buscan despejar malentendidos y subrayar que su identidad no implica desconocer normas sociales.
En el colegio, dicen, su desempeño es bueno. Escriben poesía, escuchan música, usan redes sociales. La vida cotidiana convive con la identidad animal sin reemplazarla.
Comunidad y futuro
La Comunidad Xul Solar divide sus espacios entre menores y mayores de edad. “Hay miembros de hasta 35 años”, asegura Apolo. Creen que el número real de therians es mayor: “Muchos todavía no saben que lo son”, arriesga.
Entre máscaras colgadas, colas sintéticas y celulares que vibran sin pausa, la escena combina estética adolescente, cultura digital y búsqueda identitaria. Para ellos, no se trata de disfraz ni de juego, sino de una forma de autopercepción.
“Lo lindo es poder vernos como realmente somos”, dice Apolo.
En una ciudad acostumbrada a tribus urbanas y expresiones culturales diversas, los therians suman un capítulo más a la conversación sobre identidad, pertenencia y convivencia. Como canta Babasónicos en “Mientras Tanto”: convivir es aceptar a los demás.




