Anna Smoliak asegura que nunca tuvo vínculo con el presunto líder de la organización y que la causa está «totalmente falsificada». Relata una detención violenta, presiones de una defensora pública y meses sin dinero ni vivienda.
Anna Smoliak llegó a Argentina en 2024 como turista. Tenía trabajo remoto, planes de recorrer el país y ningún vínculo con ninguna organización criminal. Al menos eso es lo que afirma desde hace casi un año, desde que fue detenida violentamente en un aeropuerto y quedó imputada en la causa conocida como la «secta rusa de Bariloche», que investiga una supuesta red de trata de personas liderada por Konstantin Rudnev.
En una entrevista exclusiva con Canal de Noticias, Smoliak rompió el silencio y describió con detalle las irregularidades que denuncia desde el primer día del proceso: una detención que describe como un ataque, presiones para que se reconociera como víctima y meses de extrema vulnerabilidad económica mientras la Justicia argentina avanza a su propio ritmo.
La detención: «Me tiraron del cabello como si fuera una criminal peligrosa»
El momento que marcó un antes y un después en su vida ocurrió en el aeropuerto, cuando Smoliak se disponía a viajar. «Fue totalmente inesperado. Yo estaba en un auto con una amiga y fue como un ataque: rodearon el vehículo, nos sacaron con mucha violencia, me tiraron del cabello y me trataron como si fuera una criminal peligrosa», relató. Fue trasladada a un calabozo sin que nadie le explicara los motivos de su arresto.
La acusación que recayó sobre ella apuntaba a su presunta pertenencia a una organización internacional de trata de personas cuyo líder, según la investigación judicial, es Konstantin Rudnev. Smoliak lo niega de manera categórica: «Yo no conozco a Konstantin Rudnev. Nunca lo vi, nunca hablé con él y no tengo ningún vínculo. Hasta hoy nadie me presentó una acusación concreta. No hay cargos claros en mi contra, no hay pruebas, no hay absolutamente nada».
Las presiones: «Me decían que firmara, que era víctima»
Uno de los puntos más graves de su testimonio son las presiones que dice haber recibido para que se reconociera como víctima de la red investigada. Según Smoliak, esas presiones vinieron de quien debía defenderla. «Una defensora pública, en una audiencia virtual con traductor, me habló de forma muy agresiva. Me decía: ‘Vos sos víctima, reconocelo, firmá esto’. Me decía que yo no era consciente de que era una víctima. Intentaban convencerme de algo que no existía», aseguró.
La imputada señala que las presiones no se limitaron a esa instancia. Según su relato, incluyeron la manipulación de informes médicos y la insistencia de los propios fiscales durante las audiencias. Para Smoliak, todo el proceso apunta en una sola dirección: «La causa está totalmente falsificada».
El calvario económico: meses sin comer ni tener dónde vivir
Al impacto emocional de la detención y el proceso se sumó una crisis económica severa y sostenida. La retención del pasaporte le impidió cobrar por su trabajo como freelancer en plataformas internacionales, que requieren acreditar identidad para operar. Sin ese ingreso, la situación se deterioró rápidamente.
«Hubo momentos en los que no tenía dinero ni para comer ni dónde vivir. Me sentía como una mendiga. Sobreviví gracias a la ayuda de personas solidarias», confesó Smoliak. Esa situación se extendió durante meses, mientras el proceso judicial seguía su curso sin resolución.
Las denuncias y el futuro
Lejos de resignarse, Smoliak tomó la decisión de llevar su caso a distintas instancias. Presentó denuncias en tribunales federales y ante organismos especializados contra la tortura, con el objetivo de que se investiguen las irregularidades que denuncia y se sancione a los responsables. «Espero que se investigue lo que nos hicieron y que los responsables sean sancionados», afirmó.
El caso de la «secta rusa de Bariloche» cobró notoriedad mediática desde sus primeras horas. Las imágenes de los detenidos, el término «secta» y el escenario patagónico alimentaron una narrativa de alto impacto. Desde las defensas, sin embargo, se cuestionó desde el inicio la solidez de las pruebas y se denunciaron irregularidades en el procedimiento.
El testimonio de Smoliak suma una voz directa a ese cuestionamiento. Su versión de los hechos es contundente: nunca conoció al presunto líder de la organización, no existe prueba concreta en su contra y el proceso le costó casi un año de su vida en condiciones que describe como inhumanas.
Si la Justicia le da la razón, su determinación es clara: «Me iría de inmediato. Este país me arruinó un año de vida». Una frase que, más allá de la causa judicial, resume el saldo de una experiencia que comenzó como un viaje turístico y terminó en una pesadilla de la que todavía no puede salir.




